Las desigualdades socieconómicas y la salud en la ciudad de Sevilla

Salud y enfermedades
Supongo que usted habrá estado alguna vez enfermo/a y es posible que ni siquiera se haya planteado el motivo de dicha enfermedad. Puede sin embargo que haya supuesto que todo fue cuestión de mala suerte, de la casualidad, o tal vez dándole la razón a la corriente de pensamiento actual haya concluido que el origen se encontraba en la mala alimentación, el sedentarismo, el consumo de alcohol o de tabaco, etc.
A usted en cualquier caso, si no me equivoco y creo que no, lo que más le importaba en ese periodo de enfermedad era salir cuanto antes de ese malestar y recobrar de nuevo la salud perdida. Puede que no supiera mucho al respecto de su enfermedad pero para algo están los médicos.
Es sorprendente cómo en nuestras sociedades nos hemos convertido en absolutos ignorantes sobre nuestra propia salud al mismo tiempo que ese terreno de conocimiento era invadido por la Sanidad Pública (médicos, laboratorios,…).
Nos encontramos por lo tanto con una situación en la cual al caer enfermos sólo sabemos que algo malo nos sucede y al mismo tiempo lo que pedimos es que nos quiten de encima ese infortunio. Si hace siglos las enfermedades eran cuestiones íntimas, salvo cuando se declaraba una epidemia, ahora las enfermedades se han convertido en cuestiones complejas que sólo las mentes preparadas son capaces de manejar y no sin dificultad, en cualquier caso las enfermedades ya no son cuestiones personales sino del Servicio de Salud Pública.
Recuerdo una escena memorable de la película “el sentido de la vida” de los Monty Phyton en la cual una parturienta es conducida tras interminables puertas a la sala de partos y allí se le ocurre preguntarle al médico si puede ayudar en algo, a lo cual éste le responde que ella allí no tiene nada que decir ni hacer porque sólo él es el especialista.
A esta situación de ridículo hemos llegado en la actualidad. Creemos, dándole razón al negocio médico-farmacéutico, que la salud y la enfermedad son asuntos en los que nada podemos decir y que sólo nos queda como camino posible aceptar lo que quieran hacer con nosotros.
Es cierto, cómo lo vamos a negar, que ya seamos médicos o mineros tenemos confianza en el resto de nuestros conciudadanos. Esto quiere decir que confiamos en la medicina porque confiamos en las personas que la han hecho posible. ¿Pero en qué tenemos confianza? Podemos confiar en el trabajo diario, en su esfuerzo, en su entrega,… pero qué sentido puede tendría confiar en un trabajo que parte de unas bases erróneas.
En las bases de la medicina actual hay elementos bastante burdos sobre la concepción del mundo y de la vida. La existencia de seres que parecen estar en este mundo para fastidiarnos la existencia (virus y bacterias) puede parecer simplemente evidente pero esa evidencia no es tal, se trata de una manera de organizar y asignar funciones a los seres vivos en la cual sólo somos capaces de ver las consecuencias.
La cuestión es que damos por hecho que la gente enferma por razones como la falta de vitaminas, o la infección por el virus de la gripe, sin embargo ni se nos ocurriría pensar que una enfermedad puede tener su origen en asuntos emocionales. Un médico puede preguntarle a un paciente qué comió ese día para encontrar explicación a su indigestión pero ni se le ocurrirá preguntarle si es feliz, si tiene problemas con los hijos o si está encontrando en la vida la suficiente recompensa como para seguir teniendo ilusiones. Para esto último la medicina ya tiene respuesta: vaya al psiquiatra. La medicina pretende ante todo funcionar de manera eficaz y esto supone no enredarse en historias clínicas que arrastren desde el divorcio del paciente a su poca autoestima.
Tenemos por lo tanto en la medicina un panorama que casi no parece humano. Han tenido la habilidad (o la torpeza) de separar de manera radical mente y cuerpo creando una ciencia que sólo sabe de células o ácido gástrico, pero que es ajena por completo a la alegría o la melancolía. Esto sencillamente es una insensatez que nos está conduciendo al sinsentido que los Monty Phyton ya mencionaron en su película.
(Insensatez de Antonio Carlos Jobim:)

Mientras escucha esta canción quisiera preguntarle: ¿usted cree posible que la gente pueda enfermar en mayor proporción por tener menos dinero?
Tal vez respondería usted que enfermar más no pero por lo menos si que podría estar expuesta a mayores peligros y tener un peor acceso a la Sanidad. Son los más pobres los que tienen trabajos más arriesgados y los que menos atención prestan a los consejos que se suponen transforman nuestros hábitos en “saludables”.
Pero claro, por muchos hábitos saludables que tengamos hay enfermedades sobre las que poco podemos hacer para evitar su aparición como una leucemia. Aquí es donde quería llegar.
Existen multitud de estudios que demuestran que las personas desfavorecidas socieconómicamente padecen más enfermedades y tienen una esperanza de vida menor.
Esto es incompatible con la concepción de la enfermedad que tiene la actual medicina, ¿cómo va a tener relación la pobreza, o la marginación, o los problemas derivados de estas situaciones con padecer un cáncer de estómago? Y sin embargo ahí están esos estudios para demostrarlo. La relación es clara y evidente.
Por ejemplo, de la ciudad de Sevilla existe un estudio del año 2003 que pone en evidencia cómo existían hasta 7,9 años de diferencia en la esperanza de vida entre las zonas de mayor (Polígono sur, Juan XXIII,…) y menor mortalidad (Los Remedios, Huerta del Rey,…). Las zonas con mayor número de desempleados tuvieron un 15% más de mortalidad en hombres que las zonas con menos desempleados.
Como puede comenzar a comprender la democracia no existen en temas de salud. No todos tenemos las mismas oportunidades ni todos podemos esperar lo mismo de la vida.
Los anteriores resultados mal interpretados conducirían a pensar que es el dinero el que permite tener mejor salud. No es así. La salud es una demostración de lo bien que estamos integrados en el mundo y de lo bien que nos va. La enfermedad es la demostración de cada uno de los problemas que nos impiden seguir el camino marcado por nuestro destino como seres humanos.
Desde la Junta de Andalucía se han planteado reducir las desigualdades socioeconómicas en la salud pero lo hacen de una manera decepcionante, intentando llevar el negocio de la sanidad hasta todos los habitantes de nuestra tierra o intentando reducir el consumo de tabaco entre los sectores más desfavorecidos. Cometen el error de interpretar de manera equivocada esas estadísticas que demuestran que la gente no muere más joven porque necesiten ir al médico con más frecuencia sino porque tienen que luchar constantemente en un mundo bárbaro que los condena un día si y otro también a la crueldad que les regalan el resto de sus congéneres. Por esto mismo quienes más recursos económicos tienen se pueden librar, en parte, de esa tiranía y gracias a esto su salud no se resiente de la misma manera.
Los brazos rotos se seguirán escayolando de la misma manera, las úlceras de estómago se seguirán operando exactamente igual, puesto que en la Medicina no todo tiene que cambiar, pero con los seres humanos ni podemos seguir haciendo negocio incluso a costa de su salud ni podemos tratarlos como si fuesen cuerpos sin alma.

Category: Crítica social

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