Transformando lo inevitable en inexistente

Vivir en una ciudad es algo que debe de aprenderse al igual que se aprende a bailar o a jugar al parchís.
Cuando se vive en una ciudad tienes que aprender a ignorar a personas con las que al mismo tiempo tienes que compartir espacio vital. Se diría que tienes que transformar lo inevitable en inexistente.
Si un día tienes que viajar en autobús y se sienta a tu lado quien no te despierta ningún interés, o si estás esperando la cola en el supermercado y aparece doña “se me está pegando el arroz”, o cuando estás tomando una copa y a dos centímetros, a tu espalda, tienes a alguien a quien ni llegarás a verle la cara.
Sevillanos
Por lo general a la gente se la ignora como si fuesen parte de un decorado que jamás tendrá nada que ver con nuestras vidas. Puede que veas al panadero cada día y hasta llegues a intercambiar opiniones con él pero ni en tus alegrías ni en tus penas tendrá nunca nada que ver. Sólo hace falta encontrarlo un día fuera de su panadería para que sientas que esa persona, siendo tan conocida, es completamente extraña y ajena a tu vida. Sientes entonces la falsedad de esas conversaciones formadas por palabras que si bien no son forzadas si que se van soltando como si fuésemos autómatas.
Lo mismo sucede con tantos vecinos, incluso cuando se interesan por algo que te haya sucedido. Lo que están haciendo es lo que se supone que se espera de ellos.

En definitiva, lo que delata el vacío en las relaciones que se mantienen con otros conciudadanos es que esas relaciones son inevitables. No hay más remedio que ir a comprar al supermercado, que preguntarle al cajero cuánto nos queda en la cartilla o que darle paso a la señora que quiere entrar en la tienda.
No hay que confundirse tampoco. Lo ideal no sería que existiese una proximidad mucho mayor con todas esas personas ya que en ese caso estaríamos forzando relaciones que en verdad no serían deseadas. Suponer que dos personas pueden tener mucho en común sólo porque comparten en un determinado momento el mismo metro cuadrado es un error, de hecho ni por compartir cama se puede garantizar esto último.
Tampoco debe de confundirnos la amabilidad de quien nos cede el asiento en el autobús o de quien entabla una amistosa conversación mientras tomamos el desayuno. No es cuestión de buenos modales, o de tener un carácter alegre, porque esas personas simplemente representan la función de las relaciones sociales de una manera que es más agradecida. Sin embargo lo que están haciendo es representar a su manera lo que tanto para ellos como para el que es un cenizo con mal carácter resulta igual de inevitable.

Puede por lo tanto que relacionarse con miles de personas tenga que desarrollarse de esta manera, creando la mayor parte del tiempo una conducta de relación con lo inevitable y por lo tanto aceptando que nuestro comportamiento se automatice.

Fíjese en la fotografía que ilustra este artículo. ¿Sabe qué es lo más curioso? Que tanto él como ella estando tan cerca no comparten nada en ese momento. Además tanto él como ella saben cómo deben de comportarse. Él no se arrastrará besándole los zapatos al niño al mismo tiempo que suplica una limosna ni ella se tapará la nariz mientras pone el grito en el cielo por la proximidad de ese hombre.

Por cierto, creo que él viste más a la moda que ella. Esos pantalones-cagaderos al estilo de niñato-ipod son más modernos que ese vestido estilo “señora de pueblo que va a una boda”.

Category: Crítica social

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