Vecinos

Vecinos
Tener vecinos debe de ser uno de esos designios que van unidos al ser humano y que no hay manera de quitárselo de encima, ni el designio ni a los vecinos. Da igual que se viva en un cortijo, en un rascacielos o debajo de un puente, nadie puede librarse de los que con justicia deberían de haber sido conocidos como los mejores amigos del hombre. ¿Los perros son fieles? Nada comparado con los vecinos, allí donde vas siempre los encuentras mientras que un perro se te puede perder y no volverlo a ver más en la vida.
Es evidente que de antemano nada se puede decir de alguien que sea vecino tan sólo por el simple hecho de serlo, lo mismo que nada podría decirse de nosotros ya que a su vez seríamos vecinos de otras personas, sin embargo, y sin pretender generalizar, las historias de muchos vecinos están marcadas por problemas que siempre encuentran algún momento para salir a la luz en una convivencia impuesta a lo largo de años. 
Pienso que en buena medida esos problemas tienen su origen en esa imposición, que no elección, de vecinos aunque más cierto puede ser que al margen de no poder elegir a las personas que van a vivir a pocos metros de tu piso, o casa, los problemas aparecen casi siempre por la incapacidad que se tiene de saber dónde comienza y dónde termina tu territorio y por tanto tus derechos. Es así, al final todo es una cuestión tan primitiva como la marcación del territorio y el deseo de expansión. Traducido a un lenguaje más actual este primitivismo nos llevaría a encontrar a vecinos que sin pedir permiso invaden nuestra terraza, o los que dejan el coche en nuestro aparcamiento porque el suyo “no les gusta tanto”, o que suponen que todos somos aficionados a escuchar a las 2 de la madrugada las canciones de Pimpinela,… Sin más remedio todas estas actitudes terminan dando problemas. En contra de lo que algunas personas pueden suponer dejar pasar durante meses todo este tipo de comportamientos sin ponerle fin, aunque sea por querer evitar un mal encuentro con esos vecinos, a lo único que conduce es al agravamiento de las situaciones molestas y a un desenlace aún peor. Desde luego no son justificables respuestas como las que muy de tarde en tarde aparecen en los periódicos en las que un vecino ha terminado matando a otro por tener la radio a todo volumen, esto más bien permite pensar que en esa desproporción se esconde algo más que tal vez se ha tenido que soportar durante años o tal vez en alguien con poco dominio sobre si mismo.
La idea de este artículo es conocer las experiencias de nuestros lectores con relación a sus vecinos y con este fin se agradecerán los comentarios que se puedan aportar, tan sólo hay que utilizar el formulario de esta página.
Para animar yo mismo comenzaré publicando mis propias experiencias:
Ante todo debo de reconocer que el efecto de los vecinos en mi vida es casi nulo. Me mantengo bastante al margen de las personas que viven cerca de mi casa ya que también debo de reconocer que ninguna de ellas me despierta gran interés. Son para mí vecinos, nada más, gente que sin más remedio van a vivir próximos a donde yo vivo pero muy lejanos a mí.
A pesar de la indiferencia me resulta imposible no citar todo un rosario de pequeños altercados que a lo largo de los años me ha tocado vivir gracias a esta gente.
Recuerdo las hazañas de un vecino que entre otros favores que tenía en gracia ofrecernos destacaría su generosidad extrema cuando un buen día decidió colocar una chimenea en su casa. Hasta ahí todo normal sin embargo el buen hombre en lugar de molestarse en colocar la chimenea en el tejado decidió que sería mucho más cómodo sacarla por mitad de la pared y además con el cuidado de ponerle un tubo lo suficientemente largo para que el humo no manchase la pared de su casa. Claro que al encender la chimenea todo el humo entraba directo en mi casa como un chorro asfixiante que no había manera de soportarlo. Se le dijo que aquello no podía estar ahí y se molestó.
Imagino que nosotros tampoco tendríamos ningún derecho a molestarnos cada vez que el buen hombre regresaba del campo con las botas atascadas de barro y se dedicaba a limpiárselas, con sumo cuidado, en todo el entorno de mi casa.
Y es que para las cuestiones de la limpieza e higiene esta persona tiene un cuidado extremo y si alguien lo dudase tan sólo tendría que dedicarse a mirar en toda la calle los rastros que va dejando, antes de entrar a su casa y después de salir de ella, de algo que por lo general otras personas suelen utilizar pañuelos para no hacer tan público lo que más bien debería de quedar en privado. Claro que en el caso de este hombre da igual que utilizase o no pañuelos ya que a muchos metros de distancia ya estás escuchando cómo va “elaborando el regalo” y toda la intimidad queda perdida: “arrragggg oooorgggg erraaarggggg puuuuaaaaagggggg”. En ocasiones los “regalos”, que son muy numerosos cada día, tiene a bien no dejarlos en el suelo sino en las puertas de algunos vecinos como presentes chorreantes de su humanidad.
Sólo voy a dar como ejemplo el caso de este vecino aunque tengo a “elementos” aún peores cerca de donde vivo, gente que ha llegado a protagonizar un verdadero acoso cuando han intentado imponer sus absurdas decisiones en temas comunitarios.
Como dije al comienzo no hay manera de librarse de los vecinos y por esto mismo cuando lo único que saben es dar problemas lo mejor es mantenerse al margen de ellos y pararles los pies sin importar mucho si se sienten ofendidos, ya que son ellos los que no entendieron que allí donde no tienen derechos no pueden dar órdenes o decidir por los demás.
Si lo desea puede publicar comentarios sobre sus experiencias vividas con los vecinos.

Category: Crítica social

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