Y se sigue llamando Sevilla

Supongo que será por no desorientar y crear una mayor confusión que seguimos llamándonos igual que cuando éramos pequeños, lo mismo que seguimos manteniendo el mismo número de DNI o continuamos con el mismo estilo en el vestir, y todo esto a pesar de que nada tengamos que ver con quienes éramos. El paso del tiempo y los que nos rodean se van encargando de manera irremediable de hacernos creer que nada puede ser como imaginábamos, y que la vida realmente es como ellos se han inventado, por esto mismo cambiamos y además terminamos creyendo que el mundo también cambia a peor. 
Giralda de Sevilla
Probablemente en esa adaptación a los cambios lo que sucede es que ya no le damos el mismo trato a las personas que conocemos porque lo más común son las decepciones en las relaciones personales. Curioso es que la gente tras una larga relación no suela decir casi nunca que se vio positivamente sorprendida, dejar pasar el tiempo parece que tiene que ser sinónimo de dar la bienvenida con los brazos abiertos a multitud de decepciones.
Nos resultaría fácil encontrar a María, quien así se llamaba cuando te decía un día que te quería y quien ahora se quedó con tus hijos y la mitad de todo lo que tenías, y a Paco que sigue respondiendo por el mismo nombre cuando sostenía con su mano la cara de su querida novia diciéndole lo que preciosa era y cuando no soportaba tener que volver a verle la cara cada vez que llegaba a casa.
En este sentido somos poco versátiles, mantenemos los mismos nombres a lo largo de toda una vida o los mantenemos ante personas que ya no sienten lo mismo hacia nosotros. Cierto es que hay quien le cambia el nombre a la pareja, o le añade algún adjetivo que intenta aclarar sus cualidades.
Giralda
Probablemente el origen de esta creencia de que hay cosas que nunca cambian, o que no deben de cambiar, parte de nuestra necesidad de intemporalidad, o de inmortalidad. De ahí también que sea costumbre del ser humano intentar imponer su visión del mundo más allá de su propia vida. Necesitamos creer que de alguna manera, ya sea con los hijos o con el trabajo realizado, nosotros seguiremos en este mundo.
Pues bien, en nuestras ciudades encontramos multitud de ejemplos de lo que fue obra de gente que dejó de existir hace decenios o cientos de años, y que gracias a esta permanencia se cimenta la creencia de que en verdad la historia es tan duradera como las piedras de una catedral. Creemos que la historia permanece allí, en los edificios que son casi sagrados porque se han convertido en parte de la identidad de todo un pueblo. Sin embargo el sentido, o valor, de esos edificios puede ir desde lo pintoresco al interés comercial de unas piedras que atraen a turistas, lo que un día significaron quedó perdido en las tumbas de quienes construyeron esos edificios.
Viendo un libro de principios del siglo XX me encontré una lámina de la ciudad de Sevilla. Se trata de una acuarela en la que aparece una vista de la Giralda desde la calle Placentines. Desde luego la Giralda sigue allí y no ha cambiado demasiado pero fíjese en la calle Placentines. Sorprendentemente se ha estrechado y aunque ha conservado algún balcón del mismo estilo, de los burros no ha quedado ni rastro, ni de las gentes sentadas en las puertas de sus casas. ¿Qué diría la vecina a la que le transformaron su casa en un Tex-Mex?.

Category: Sevilla

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